Archivo: abril 14, 2026

Capítulo XV. Por ellos: epílogo y compromiso eterno

Capítulo XV
Por ellos: epílogo y compromiso eterno

Y aquí termina el libro, pero no la batalla.

Porque este no es un libro más sobre terrorismo. No es un ensayo académico ni un relato neutral de “lo que pasó”. Es un juramento. Un juramento escrito con tinta y con sangre —la suya, la de los 829— para que nadie pueda decir jamás que no supimos, que no recordamos o que no quisimos.

Por ellos.
Por Adolfo Mariñas Vence, por Alberto Jiménez-Becerril Barrio, por Miguel Ángel Blanco Garrido, por Gregorio Ordóñez Fenollar, por Juan María Araluce Villar, por los 829 nombres que llenan las páginas de 829. Por ellos y que nunca, jamás, serán reducibles a una cifra fría. Cada uno de esos nombres es una vida robada, un futuro truncado, una familia destrozada y una España que se negó a arrodillarse.

Este libro ha sido escrito para que el olvido no tenga la última palabra. Para que la impunidad no se vista de “paz” ni de “reconciliación”. Para que el patriotismo no se convierta en un delito de opinión. Para que España una e indivisible siga siendo el grito que más duele a quienes quisieron romperla.

Y ahora, al cerrar estas páginas, solo queda el compromiso eterno.

Compromiso de las familias que siguen poniendo flores en tumbas que nunca debieron existir.
Compromiso de los que cada 11 de noviembre, cada 27 de junio o cada vez que un etarra sale de prisión, salimos a la calle a decir: aquí seguimos.
Compromiso de los que mantenemos portales, publicamos libros, rodamos documentales y gritamos en redes que no, que no se ha acabado, que la memoria no caduca.

Yo, Luis Toribio Troyano, lo firmo aquí y ahora, como lo he firmado cada día desde hace años:

Por ellos no callaré.
Por ellos no me rendiré.
Por ellos seguiré escribiendo, hablando, denunciando y recordando.

Porque mientras un solo español conserve en su corazón el nombre de una sola víctima, ETA no habrá ganado. Mientras existan libros como este, plazas llenas de banderas rojigualdas y voces que se alcen sin miedo, el terror seguirá derrotado.

España no es de los que negocian con asesinos.
España es de los que murieron por ella.
España es de los que la defendemos hoy.

Este es el epílogo, pero no el final.

Es el comienzo del compromiso eterno.

¡Por los 829!
¡Por España una e indivisible!
¡Por la verdad, la memoria y la justicia que nunca se negocian!

¡No os olvidamos!
¡Nunca más!
¡Viva España!

Y que Dios, la Historia y los españoles de bien nos tomen la palabra.

Amén.


Capítulo XIV. España una e indivisible: el patriotismo como respuesta al terror

Capítulo 14
España una e indivisible: el patriotismo como respuesta al terror

España no se negocia. España no se fragmenta. España es una e indivisible, como proclama el artículo 2 de nuestra Constitución y como lo han gritado millones de españoles en las plazas y en las urnas cada vez que el terror o el separatismo han intentado romperla. Esa es la verdad innegociable que el terrorismo etarra quiso dinamitar durante más de medio siglo. No mataban solo a personas: mataban la idea misma de una España unida, libre y soberana.

Querían convertir el País Vasco en un feudo tribal, Navarra en tierra de nadie y el resto de España en un vecino molesto al que se podía extorsionar, secuestrar o volar por los aires. Frente a esa barbarie, la única respuesta digna, la única respuesta victoriosa, ha sido siempre el patriotismo. No el patriotismo de salón, sino el patriotismo de trinchera: el de aquellos que dijeron “España” con la voz rota y el puño cerrado mientras las balas silbaban.

Porque el terror de ETA no fue un “conflicto vasco”. Fue una guerra declarada contra la Nación española. Una guerra sucia, cobarde, asimétrica, que buscaba el miedo, la división y, al final, la rendición. Mataron a guardias civiles, a policías nacionales, a militares, a empresarios, a políticos, a periodistas, a simples ciudadanos que se atrevieron a ondear la bandera de España o a decir que eran españoles sin pedir permiso.

Mataron a Gregorio Ordóñez, a Juan María Araluce, a José Luis López de Lacalle, a Miguel Ángel Blanco… y con cada bala pretendían que el resto agacháramos la cabeza y aceptáramos que España era divisible. Pero no lo consiguieron. Y no lo consiguieron porque surgió, desde las entrañas del pueblo, un patriotismo popular, espontáneo y feroz que llenó las calles de banderas rojigualdas, que creó asociaciones como ¡Basta Ya!, que hizo posible la marcha de Ermua y que, en definitiva, ganó la batalla moral.

Hoy, en 2026, el enemigo ha cambiado de uniforme, pero no de objetivo. Ya no son solo los etarras con pistola; son sus herederos políticos de EH Bildu y Sortu, que ocupan ayuntamientos, que negocian presupuestos y que, desde el Gobierno de coalición, exigen más cesiones. Son los separatistas catalanes que siguen soñando con su república y que, cada vez que pueden, escupen sobre la unidad de España. Son los que, desde Bruselas o desde ciertas embajadas extranjeras, aplauden cualquier fisura en nuestra soberanía. Y frente a ellos, la única respuesta posible sigue siendo la misma: patriotismo. Patriotismo constitucional, patriotismo cultural, patriotismo cotidiano.

Patriotismo es no callar cuando en un colegio se enseña que España es un “estado plurinacional”. Patriotismo es salir a la calle con la bandera cuando un alcalde bilduetarra iza la ikurriña en el balcón del ayuntamiento. Patriotismo es recordar que Navarra es España, que el País Vasco es España, que Cataluña es España, que Galicia es España y que todas las regiones y pueblos de esta Nación forman una sola familia, no un condominio de tribus enfrentadas. Patriotismo es defender la lengua común, la historia común y la soberanía común frente a quienes quieren convertirlas en piezas de museo o en motivo de vergüenza.

El patriotismo no es un sentimiento de derechas o de izquierdas: es un sentimiento de españoles. Lo sintieron los socialistas de Ermua cuando defendieron a Miguel Ángel Blanco. Lo sintieron los constitucionalistas catalanes cuando se plantaron frente al procés. Lo sentimos millones de españoles cada 12 de octubre, cada 11 de noviembre en el Valle de los Caídos o en cualquier rincón donde se honre a los caídos por España. Es el patriotismo que venció al terror porque supo que España no es solo un territorio: es un proyecto de libertad, de convivencia y de grandeza que vale la pena defender con uñas y dientes.

Por eso, frente al terror que quiso dividirnos, la respuesta es clara: España una e indivisible. Y el patriotismo, no como nostalgia, sino como arma cargada de futuro. Porque mientras haya españoles dispuestos a decir “España” sin complejos, el terror —en cualquiera de sus formas— estará condenado al fracaso.

¡España una e indivisible!
¡Viva España!
¡No nos rendimos, no nos dividimos, no nos callamos!


Capítulo XIII. Contra el olvido y la impunidad: la batalla que sigue abierta

Capítulo XIII
Contra el olvido y la impunidad: la batalla que sigue abierta

España no puede permitirse el lujo del olvido. No cuando 829 vidas fueron segadas por la barbarie etarra. No cuando sus nombres —Adolfo Mariñas Vence, Alberto Jiménez-Becerril Barrio, Miguel Ángel Blanco Garrido, Gregorio Ordóñez Fenollar, Juan María Araluce Villar, y tantos otros hasta completar la lista completa que publiqué en 829. Por ellos— siguen siendo el precio que pagó una nación por defender su libertad, su unidad y su democracia. Cada uno de esos 829 no fue un “daño colateral” ni un “accidente de la historia”. Fueron asesinados a sangre fría por una banda terrorista que, durante décadas, impuso su ley de plomo y dinamita en el País Vasco, en Navarra, en Cataluña y en toda España. Y hoy, cuando algunos pretenden cerrar ese capítulo con un “ya pasó”, la batalla sigue abierta. Porque el olvido no es paz: es la segunda muerte de las víctimas. Y la impunidad es el triunfo póstumo de los verdugos.

Recordemos la doble pena, esa que ya denunciaban libros como ETA: La doble pena de las víctimas, olvido e impunidad. La primera, la bala o la bomba que te arranca la vida. La segunda, la que viene después: el silencio institucional, el pacto político que blanquea a los herederos de ETA, la Ley de Memoria Democrática que parece recordar todo menos a quienes murieron defendiendo España. Mientras se rinden homenajes a unos y se borran los nombres de otros, las familias de las víctimas siguen esperando justicia. No solo judicial —que ya es bastante—, sino moral y política. Justicia que no se negocia en despachos de Moncloa ni se cambia por votos en el Congreso.

Hoy, en 2026, la impunidad se disfraza de “normalización”. EH Bildu, con Arnaldo Otegi al frente —el mismo que nunca ha condenado sin ambages el terror etarra—, es socio preferente del Gobierno. Sus seis votos han sido decisivos para investiduras, presupuestos, reformas laborales y leyes que, de paso, han permitido el acercamiento masivo de etarras a cárceles vascas y navarras. La Guardia Civil ha sido retirada del control de tráfico en Navarra. Se han transferido competencias de prisiones, puertos y aeropuertos. Y mientras, en Pamplona, el PSOE aupó a un alcalde de Bildu desalojando a la lista más votada. ¿Esto es reconciliación? No. Es claudicación. Es decirle a los etarras y a sus herederos: “Vuestro relato vale tanto como el de las víctimas”.

Pero la batalla sigue abierta porque España no es solo el Gobierno de turno. España es la memoria viva de sus muertos. Es el espíritu de Ermua, de ¡Basta Ya!, de las concentraciones silenciosas que llenaron plazas cuando mataron a Miguel Ángel Blanco. Es la plaza de Sant Jaume en Barcelona, abarrotada de 5.000 personas gritando “rendición en mi nombre no”. Es la Fundación Francisca Troyano y los portales que mantengo desde hace años, donde se recopilan testimonios, se publican libros y se honra a las víctimas sin pedir permiso a nadie.

El olvido es la estrategia de los que quieren reescribir la historia. Quieren convertir a los asesinos en “luchadores por la libertad” y a las víctimas en “daños colaterales de un conflicto”. Pero no. No hubo “conflicto”. Hubo terrorismo. Hubo extorsión, secuestros, tiros en la nuca, bombas en hipermercados y coches bomba en cuarteles. Hubo 829 vidas robadas, miles de heridos, decenas de miles de exiliados internos que huyeron del País Vasco por miedo a la kale borroka y a la presión nacionalista. Y sigue habiendo impunidad cuando se niega a las víctimas el derecho a que su dolor no sea instrumentalizado ni minimizado.

La batalla sigue abierta en las aulas, donde algunos manuales de historia ya no mencionan a ETA con la crudeza que merece. Sigue abierta en los tribunales, donde los presos etarras salen antes de tiempo o se les acerca a casa mientras las familias de las víctimas aún lloran. Sigue abierta en la calle, donde Bildu sigue ondeando pañuelos y colocando ikurriñas sin que nadie les exija una condena clara y sin matices al terrorismo que les dio la vida política.

Y por eso escribo este capítulo. No como un lamento, sino como un grito de combate. Porque mientras haya un solo español que recuerde los nombres de los 829, la batalla no está perdida. Porque la memoria no es nostalgia: es arma. Es el escudo contra la impunidad. Es el compromiso de que nunca más se negocie con sangre española.

España os honra, víctimas del terrorismo etarra. Vuestros nombres no son una lista que se archiva. Son un juramento: ¡No os olvidamos! ¡Nunca más! ¡Viva España!

La batalla sigue abierta. Y la ganaremos. Por vosotros. Por España. Por la verdad, la memoria, la dignidad y la justicia que nunca se negocian.


Capítulo XII. Memoria, Verdad, Justicia y Dignidad: los cuatro pilares que no se negocian

Capítulo XII
Memoria, Verdad, Justicia y Dignidad: los cuatro pilares que no se negocian

En la portada de este libro cuatro palomas blancas llevan en sus picos cuatro palabras que no son adornos ni consignas políticas: Memoria, Verdad, Justicia y Dignidad. Son los cuatro pilares sobre los que se sostiene todo el homenaje a las 829 víctimas. Cuatro columnas que no se pueden mover, ni negociar, ni rebajar. Porque quien toca uno de ellos traiciona a los 829.

Memoria no es recordar de vez en cuando. Es negarse a que el tiempo borre los nombres. Es poner cara, apellido y historia a cada uno de los asesinados. Es impedir que las nuevas generaciones lean “conflicto vasco” en vez de “829 asesinatos”. La memoria es un deber sagrado: mientras quede un solo español que sepa quién era Miguel Ángel Blanco, Gregorio Ordóñez o la pequeña Sandra de tres meses, ETA no habrá ganado del todo.

Verdad es la palabra más incómoda para los que hoy quieren “pasar página”. Verdad es decir sin eufemismos que ETA fue una banda terrorista, marxista y separatista que eligió la muerte como método político. Verdad es rechazar el relato de “dos bandos” o de “luchadores por la libertad”. Verdad es gritar que no hubo “conflicto armado”, sino un ataque unilateral contra la democracia y contra España. Sin verdad no hay reconciliación posible, solo mentira disfrazada de paz.

Justicia no es venganza. Es que el Estado cumpla con su obligación moral. Justicia es que los asesinos cumplan íntegramente sus condenas sin beneficios penitenciarios que insultan a las víctimas. Justicia es que no haya excarcelaciones anticipadas ni homenajes encubiertos a etarras. Justicia es que los verdugos pidan perdón de rodillas y las víctimas no tengan que mendigar ni un solo acto de reparación. Y si la Justicia no llega por los tribunales, llega por la historia: que nadie pueda decir que España olvidó.

Dignidad es el pilar que más duele defender. Dignidad es no equiparar a la víctima con el verdugo. Dignidad es negarse a que un concejal asesinado y su asesino sean tratados por igual en un acto institucional. Dignidad es que las viudas y los huérfanos no tengan que escuchar que “todos fuimos víctimas”. Dignidad es mirar a los ojos de una madre que enterró a su hijo y decirle: “Tu dolor es sagrado y no se negocia”.

Estos cuatro pilares no son negociables porque las vidas arrebatadas no se negocian. No se pueden cambiar por “paz” ni por “convivencia” si el precio es el olvido. Quien pide “reconciliación” sin Memoria, sin Verdad, sin Justicia y sin Dignidad está pidiendo, en realidad, que las 829 víctimas desaparezcan por segunda vez.

Este libro nace precisamente para clavar esos cuatro pilares en la conciencia de España. No para que duelan, sino para que no duelan en vano. Para que dentro de cincuenta años un niño pueda abrir estas páginas y entender que hubo hombres y mujeres que dieron su vida para que España siguiera siendo una, y que sus hijos y nietos se negaron a que esa sangre se convirtiera en polvo.

Memoria, Verdad, Justicia y Dignidad.
Cuatro palabras.
Cuatro promesas.
Cuatro banderas que no arriamos.

Mientras las defendamos, los 829 seguirán vivos.
Mientras las defendamos, España seguirá siendo digna de sus muertos.

Por ellos.
Por siempre.


Capítulo XI. El dolor infinito de las familias: viudas, huérfanos y madres que nunca se rindieron

Capítulo XI
El dolor infinito de las familias: viudas, huérfanos y madres que nunca se rindieron

Cuando ETA asesinaba, no mataba solo a una persona. Mataba a una familia entera.

La bala o la bomba acababan con una vida en segundos, pero el dolor se instalaba para siempre en el salón de casa, en la silla vacía de la mesa, en la cama que ya nadie ocuparía. Las 829 víctimas dejaron atrás a miles de viudas, huérfanos y madres que tuvieron que aprender a respirar con un agujero en el pecho. No fueron “daños colaterales”. Fueron la segunda víctima del mismo crimen: la que sigue viva y tiene que cargar con el peso de los días sin él o sin ella.

Las viudas.
Mujeres jóvenes, en muchos casos, que se quedaron solas con hijos pequeños y con una pensión que nunca compensaría la ausencia. Aprendieron a dormir mirando el techo, a contestar “papá está en el cielo” cuando los niños preguntaban, a salir a la calle con la cabeza alta mientras las pintadas en las paredes llamaban “cerdo” al hombre con el que habían compartido su vida. Muchas tuvieron que cambiar de pueblo, de colegio, de vida entera porque el terror las perseguía también a ellas. Y aun así, la mayoría eligió quedarse. Elegió no callar. Elegió seguir siendo la voz de quien ya no podía hablar.

Los huérfanos.
Niños y niñas que perdieron a su padre o a su madre antes de entender siquiera qué era la muerte. Niños que crecieron sabiendo que su apellido era peligroso. Que en el colegio algunos compañeros los miraban con pena y otros con odio. Que el día del padre o de la madre era un día de silencio. Que las fotos de la boda o de las vacaciones familiares se convertían en reliquias sagradas. Muchos de ellos, ya adultos, siguen luchando hoy para que el nombre de su padre o de su madre no se borre de los libros de historia. Son la generación que heredó el dolor y, con él, la dignidad de no perdonar el olvido.

Las madres.
Las que enterraron a un hijo y, con él, enterraron también parte de sí mismas. Madres que nunca volvieron a ser las mismas después de recibir aquella llamada, aquel timbre a deshora, aquella noticia que les rompió el alma. Madres que guardaron la ropa del hijo en el armario durante años porque olerla era lo más cerca que podían estar de él. Madres que, a pesar del vacío, se levantaron para exigir justicia, para fundar asociaciones, para salir a la calle con una foto y un lema: “No os olvidamos”.

Porque estas familias no se rindieron.

Mientras algunos políticos hablaban de “paz” y de “reconciliación” exigiendo olvido, ellas seguían poniendo flores en los mausoleos, organizando homenajes, creando la Asociación de Víctimas del Terrorismo y otras plataformas que fueron el verdadero muro frente al silencio. Mientras algunos medios blanqueaban a los verdugos llamándolos “presos políticos”, ellas seguían contando la verdad en colegios, en plazas y en tribunales. Mientras el tiempo intentaba convertir a los 829 en una cifra lejana, ellas seguían diciendo sus nombres en alto, una y otra vez.

El dolor de estas familias es infinito porque no tiene fecha de caducidad. No termina con la disolución de ETA. No termina con un comunicado de arrepentimiento que nunca llegó. Sigue vivo cada 11 de marzo, cada 19 de junio, cada 11 de diciembre, cada aniversario. Sigue vivo cada vez que un niño pregunta por qué su abuelo no está. Sigue vivo en las noches en que una viuda abraza la almohada y susurra el nombre que ya nadie responde.

Este capítulo es para ellas y para ellos:
Para las viudas que criaron a sus hijos solas y con honor.
Para los huérfanos que crecieron sin padre pero con la memoria intacta.
Para las madres que convirtieron el luto en lucha y el silencio en grito.

Ellas son la prueba más dura de que ETA no solo fracasó en romper España. Fracasó también en romper el espíritu de quienes más sufrieron. Porque mientras quede una viuda, un huérfano o una madre dispuesta a recordar, las 829 víctimas seguirán vivas.

Y por cada familia destrozada que eligió la dignidad en vez del olvido…
Por cada viuda que se levantó de la cama a pesar de todo…
Por cada huérfano que hoy es adulto y sigue exigiendo justicia…
Por cada madre que nunca bajó la foto del salón…

Por ellos.
Por siempre.


Capítulo X. Niños y jóvenes: el futuro que ETA robó

Capítulo X
Niños y jóvenes: el futuro que ETA robó

El terror no tiene edad. Pero hay crímenes que duelen con un dolor distinto, más hondo, más imposible de explicar. Cuando ETA mataba a un niño o a un joven, no solo acababa con una vida. Acababa con un futuro entero. Con risas que nunca llegarían a la adolescencia, con sueños que nunca se convertirían en carrera, con bodas, con hijos, con la España que esos niños y jóvenes habrían construido.

Entre los 829 asesinados por ETA hay decenas de menores y jóvenes cuya única “culpa” fue nacer en la España que la banda quería destruir. No eran objetivos militares. No eran “colaboradores”. Eran niños que jugaban en un supermercado, que dormían en una casa-cuartel o que simplemente estaban en el lugar equivocado cuando sonó la bomba o sonó el disparo.

La más pequeña de todas se llamaba Sandra Barrio. Tenía solo tres meses. El 19 de junio de 1987, su madre la llevaba en el carrito por el Hipercor de Barcelona. Una furgoneta cargada de explosivos estalló. Sandra murió carbonizada junto a otras veinte personas. Su vida duró tres meses y siete días. ETA nunca pidió perdón. Nunca explicó por qué una bebé era enemiga de Euskadi.

Ese mismo año, el 11 de diciembre de 1987, en Zaragoza, otro coche-bomba destrozó la casa-cuartel de la Guardia Civil. Once muertos. Cinco de ellos niños. Cinco futuros truncados antes de empezar. Entre ellos, hijos e hijas de guardias que dormían en sus camas mientras sus padres custodiaban la democracia. Sus nombres siguen grabados en el corazón de España: niños que nunca llegaron a cumplir años, que nunca fueron al colegio, que nunca pudieron decir “mamá” o “papá” una vez más.

No fueron los únicos. A lo largo de la historia de ETA murieron jóvenes de todas las edades:

  • Adolescentes tiroteados en la calle por llevar una mochila del instituto.
  • Estudiantes universitarios asesinados por atreverse a pensar en español.
  • Jóvenes guardias civiles de 19 y 20 años, recién llegados al País Vasco, acribillados en un control.
  • Chicos y chicas que simplemente iban al cine, al bar o a la feria del pueblo.

Miguel Ángel Blanco tenía 29 años cuando lo secuestraron y lo ejecutaron de un tiro en la nuca. Era joven, guapo, lleno de vida y de ilusión por su pueblo. Su asesinato, retransmitido en directo, despertó a España entera. Pero antes de él ya habían caído muchos otros jóvenes cuya muerte no tuvo tanta televisión.

ETA no solo mataba el presente. Robaba el mañana. Cada niño asesinado era un médico, un profesor, un ingeniero, un padre o una madre que España nunca tendrá. Cada joven ejecutado era una generación entera mutilada. El terror convirtió los parques en zonas de riesgo, los colegios en lugares donde los niños aprendían a mirar debajo del coche de sus padres y los jóvenes en adultos prematuros que sabían que la vida podía acabarse con una carta o un paquete-bomba.

Este capítulo duele especialmente porque habla del futuro robado. De las risas que se apagaron. De las primeras comuniones que nunca se celebraron. De las graduaciones que nunca llegaron. De las madres que aún hoy ponen un plato vacío en la mesa el día del cumpleaños de un hijo que tendría ya cuarenta o cincuenta años.

Porque cuando matas a un niño no matas solo a una persona. Matas a todos los que habría sido. Y ETA lo sabía. Por eso lo hizo. Para que el miedo se instalara también en los más inocentes.

Nosotros, en cambio, decimos sus nombres. Recordamos sus caras. Exigimos que su memoria no sea negociable.

Sandra, de tres meses.
Los cinco niños de Zaragoza.
Todos los jóvenes que nunca llegaron a ser adultos.

Ellos eran el futuro de España.
Y ETA se lo robó.

Pero mientras nosotros recordemos, ese futuro sigue vivo en cada página de este libro, en cada homenaje y en cada “nunca más”.

Por ellos.
Por siempre.


Capítulo IX. Empresarios, taxistas y trabajadores: la extorsión como arma cotidiana

Capítulo IX
Empresarios, taxistas y trabajadores: la extorsión como arma cotidiana

No solo mataban con bombas y pistolas. ETA también mataba con cartas. Cartas frías, calculadas, enviadas por correo o entregadas en mano, en las que exigían dinero a cambio de no morir. El llamado “impuesto revolucionario” no era un tributo patriótico ni una contribución voluntaria. Era extorsión pura y dura, el chantaje sistemático que convirtió la vida diaria de miles de españoles en un infierno económico y moral.

Entre 1970 y 2011, ETA extorsionó a más de 10.000 empresarios, autónomos y profesionales del País Vasco y Navarra. Se estima que recaudó decenas de millones de euros con los que financió armas, coches-bomba y su maquinaria de terror. Pero no era solo dinero lo que buscaba. Quería doblegar la economía vasca, castigar a quien creaba riqueza y demostrar que, en su “Euskadi libre”, solo se podía trabajar si se pagaba al terror.

Los que se negaban… morían.

Los empresarios eran objetivos prioritarios. No por ser ricos, sino por ser productivos. Por dar empleo. Por negarse a financiar la bala que mataría a sus vecinos. Muchos pagaron en silencio para salvar la vida de sus familias. Otros, con más dignidad que medios, dijeron “no”. Y pagaron con su vida.

Algunos nombres que encarnan esta forma cobarde de terrorismo económico:

  • Ángel Berazadi, primer empresario asesinado por ETA en democracia. Secuestrado en marzo de 1976 y ejecutado de un tiro en la cabeza tras negarse a pagar el rescate exigido.
  • Javier de Ybarra y Bergé, histórico industrial bilbaíno, secuestrado y asesinado en 1977 después de que su familia no pudiera satisfacer las desorbitadas exigencias de la banda.
  • José María Korta, presidente de la patronal ADEGI, asesinado con un coche-bomba en 2000 por negarse a seguir financiando el terror.
  • Ignacio Uría Mendizábal, directivo de la constructora Altuna y Uría, ejecutado a tiros en 2008 por negarse a pagar el “impuesto” y por trabajar en las obras del Tren de Alta Velocidad. ETA lo consideró “colaborador del Estado opresor”.

Pero no solo los grandes empresarios. El terror llegó a los más humildes: taxistas, panaderos, transportistas, pequeños comerciantes, trabajadores autónomos. Gente que se levantaba a las cinco de la mañana para ganarse el pan y que, de repente, recibía una carta amenazándoles de muerte si no entregaban miles de euros que no tenían.

Uno de los primeros fue Francisco Muñagorri, taxista guipuzcoano asesinado en 1972 por negarse a pagar el “impuesto revolucionario”. Su único delito fue querer trabajar libremente. Decenas de taxistas corrieron la misma suerte: tiroteados en su taxi, en la parada o en la puerta de su casa. ETA los consideraba “colaboradores del régimen” simplemente por cobrar una carrera o negarse a ser extorsionados.

Los trabajadores y autónomos sufrieron especialmente. Según los estudios más rigurosos, 33 empresarios directivos, 55 empleados cualificados y 50 autónomos figuran en la lista de víctimas mortales de ETA. Gente corriente cuya única “culpa” era intentar sacar adelante una empresa familiar, un taller o un taxi. Muchos cerraron el negocio y emigraron. Otros pagaron y vivieron con la vergüenza y el miedo de saber que su dinero servía para matar a otros españoles.

La extorsión no era un complemento. Era el arma cotidiana. La que permitía a ETA financiarse sin necesidad de grandes atracos. La que rompía familias, cerraba fábricas y hundía pueblos enteros. La que convertía el esfuerzo diario en un acto de valentía.

Este capítulo es para todos ellos: los que pagaron con su vida por decir “no”. Los que se negaron a financiar el terror que destruía su propia tierra. Los que demostraron que ser empresario, taxista o trabajador honrado era, en sí mismo, un acto de resistencia contra el totalitarismo etarra.

Porque mientras algunos hoy hablan de “conflicto” o de “paz” como si nada hubiera pasado, estos hombres y mujeres nos recuerdan que el terror también se cobró víctimas con bata blanca, con volante de taxi o con manos llenas de callos.

Ellos no murieron por llevar uniforme ni por defender un partido.
Murieron por querer trabajar en libertad.
Murieron por negarse a pagar la extorsión del miedo.

Y por cada empresario, cada taxista y cada trabajador asesinado…
Por los que dijeron “no” con la vida…
Por los que siguieron levantando España a pesar del chantaje…

Por ellos.
Por siempre.


Capítulo VIII. Políticos, concejales y cargos públicos: asesinados por defender la libertad

Capítulo VIII
Políticos, concejales y cargos públicos: asesinados por defender la libertad

No llevaban pistola. No vestían uniforme. No eran “represores” ni “ocupantes”. Eran hombres y mujeres elegidos por sus vecinos en urnas democráticas. Concejalas y concejales de ayuntamientos, alcaldes de pueblos pequeños, presidentes de diputaciones forales, diputados autonómicos… Servidores públicos que, día tras día, gestionaban guarderías, arreglaban carreteras, defendían el presupuesto de su pueblo o simplemente representaban la voluntad de los ciudadanos.

Y por eso mismo ETA los mató.

Porque cada concejal que juraba la Constitución era una bofetada a su sueño de ruptura. Porque cada alcalde que izaba la bandera de España en el balcón del ayuntamiento era la prueba viva de que la democracia funcionaba. Porque cada cargo público que se negaba a arrodillarse ante el terror simbolizaba la España constitucional que ellos querían destruir.

Según el informe Foronda del Gobierno vasco, solo en democracia ETA asesinó a 31 cargos políticos. Otras fuentes elevan la cifra total de políticos y cargos públicos asesinados a cerca de 38 desde 1968. La inmensa mayoría eran concejales de UCD, Alianza Popular/PP, PSOE o UPN. No importaba el partido: importaba que representaban la legalidad democrática y la unidad de España.

El terror contra ellos comenzó pronto y se intensificó cuando la democracia ya estaba consolidada. Algunos nombres que jamás deben borrarse:

  • Antonio Echevarría, alcalde de Oiartzun (Guipúzcoa), asesinado el 25 de noviembre de 1975, apenas cinco días después de la muerte de Franco.
  • Víctor Legorburu, alcalde de Galdácano (Vizcaya), tiroteado en febrero de 1976.
  • Juan María Araluce, presidente de la Diputación Foral de Guipúzcoa, acribillado junto a sus escoltas en octubre de 1976.
  • Augusto Unceta Barrenechea, presidente de la Diputación Foral de Vizcaya, asesinado en 1977.
  • Gregorio Ordóñez, concejal y diputado del PP en San Sebastián, ejecutado en un bar de la ciudad en 1995.
  • Miguel Ángel Blanco, joven concejal del PP en Ermua, secuestrado y asesinado en julio de 1997 tras un ultimátum imposible. Su muerte desató la mayor movilización ciudadana contra ETA de la historia.
  • José María Martín Carpena, concejal del PP en Málaga, tiroteado en su ciudad en 2000.
  • Froilán Elespe, concejal del PSE en Lasarte, asesinado en 2001.
  • Isaías Carrasco, ex concejal socialista de Mondragón, ejecutado de cinco tiros en 2008, el último día de campaña electoral.

Cada uno de ellos fue elegido por sus vecinos. Cada uno representaba la voz de la gente corriente. Y cada uno fue señalado, amenazado y finalmente ejecutado por el “delito” de defender la libertad, la legalidad y la España una.

Los mataban en el garaje de su casa, al salir del ayuntamiento, en la barra de un bar, mientras paseaban con su familia. Les disparaban por la espalda para que el mensaje quedara claro: “Quien represente a España en cualquier pueblo, morirá”. Querían vaciar los ayuntamientos de voces democráticas. Querían que nadie se atreviera a presentarse a unas elecciones si no era de su cuerda. Querían que el poder local cayera en manos del miedo.

Pero fallaron.

Porque aquellos concejales asesinados no estaban solos. Detrás de cada uno había miles de españoles que, a pesar del terror, siguieron votando, siguieron gobernando y siguieron diciendo “no” a la ruptura. Sus viudas, sus hijos y sus compañeros de partido recogieron el testigo. Sus ayuntamientos no se rindieron. España no se rompió.

Este capítulo es para ellos: los políticos que no pidieron escolta por miedo, sino por dignidad. Los que sabían que su cargo era una diana y aun así lo aceptaron. Los que murieron por defender la libertad que ETA nunca pudo entender.

Porque no fueron “daños colaterales” de un supuesto conflicto.
Fueron asesinados precisamente por ser la encarnación más pura de la democracia: la que nace del voto y no de la bala.

Y por cada concejal, cada alcalde, cada cargo público caído…
Por los que pagaron con su vida el defender la libertad en su pueblo…
Por los que demostraron que la democracia es más fuerte que el terror…

Por ellos.
Por siempre.


Capítulo VII. Guardias civiles, policías y militares: los guardianes caídos de la democracia

Capítulo VII
Guardias civiles, policías y militares: los guardianes caídos de la democracia

No fueron simples uniformes. Fueron el escudo vivo de España.

Mientras ETA desataba su campaña de terror, ellos estaban allí: en los controles de carretera, en las casas-cuartel, en las patrullas nocturnas, en los portales de sus propias casas. Eran guardias civiles, policías nacionales, militares y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Más de 486 de los 829 asesinados por ETA pertenecían a estos cuerpos. Casi seis de cada diez víctimas. La mayoría guardias civiles (203), policías nacionales (146) y militares (98).

No los mataron por casualidad. Los eligieron precisamente porque representaban todo lo que ETA odiaba: el Estado de Derecho, la Constitución de 1978, la unidad de España y la democracia que habían jurado defender. Para los etarras, cada guardia civil era un “represor”, cada policía un “fascista” y cada militar un “ocupante”. Pero para España eran los guardianes que permitieron que la Transición llegara a buen puerto y que la libertad se consolidara con sangre propia.

El primer nombre de la lista ya fue un guardia civil: José Antonio Pardines Arcay, 24 años, asesinado a bocajarro en Tolosa en 1968. Desde ese día hasta el último atentado, el uniforme azul o verde se convirtió en diana permanente. Los mataban saliendo de casa, en el coche patrulla, en la barra de un bar, en la cama de la casa-cuartel. Les ponían bombas lapa bajo el asiento. Les disparaban por la espalda. Les volaban por los aires junto a sus mujeres y sus hijos.

Uno de los atentados más salvajes contra ellos fue el de la casa-cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, el 11 de diciembre de 1987. Once muertos. Once. Cinco de ellos niños. Familias enteras destrozadas porque ETA decidió que ni siquiera las viviendas de los que defendían la ley eran territorio sagrado.

Otros nombres que encarnan ese sacrificio sin límite:

  • Guardias civiles caídos en controles rutinarios, en emboscadas en carreteras de Guipúzcoa y Navarra.
  • Policías nacionales tiroteados al salir del trabajo en Madrid, Barcelona o Bilbao.
  • Militares asesinados en atentados contra cuarteles o convoyes, como el almirante Luis Carrero Blanco y su escolta en 1973.
  • Los dos últimos guardias civiles asesinados en suelo español: Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada, en Mallorca en 2009, cuando ya casi nadie hablaba de ETA.

Vivían con el miedo cosido al uniforme. Sabían que su trabajo los convertía en objetivos permanentes. Muchos pidieron destino lejos del País Vasco para proteger a sus familias… y aun así los perseguían. Otros se quedaron, aguantando el acoso, las pintadas, las amenazas y los funerales de sus compañeros. Sus viudas aprendieron a callar en los colegios para que sus hijos no fueran señalados. Sus huérfanos crecieron sabiendo que su padre murió por defender a España.

Estos hombres y mujeres no murieron defendiendo una dictadura. Murieron defendiendo la democracia que ETA quiso destruir. Murieron para que los españoles pudiéramos votar, manifestarnos y vivir en libertad. Murieron para que la bandera rojigualda siguiera ondeando en cada ayuntamiento y en cada cuartel.

Este capítulo es para ellos: los que vistieron el uniforme sabiendo que podía ser su mortaja. Los que no pidieron medallas ni reconocimiento, solo que España no se rindiera. Los que cayeron para que los 829 no fueran en vano.

Porque mientras algunos hoy hablan de “paz” olvidando el precio, aquí decimos su verdad: sin estos guardianes caídos, la democracia española habría sido imposible.

Ellos fueron la primera línea.
Ellos fueron el muro.
Ellos fueron España con placa y tricornio.

Y por cada guardia civil, cada policía y cada militar asesinado…
Por los que dieron su vida para que el resto pudiéramos vivir en paz…

Por ellos.
Por siempre.


Capítulo VI. El terror se extendió por toda España: atentados fuera del País Vasco

Capítulo VI
El terror se extendió por toda España: atentados fuera del País Vasco

El País Vasco y Navarra fueron el epicentro del dolor, pero ETA no se conformó con convertir su propia tierra en un cementerio. Quería que el terror llegara a cada rincón de España. Quería que Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Alicante, Sevilla o cualquier ciudad sintiera que nadie estaba a salvo. Porque su guerra no era solo contra los vascos que se sentían españoles. Su guerra era contra España entera.

A partir de los años setenta, y sobre todo durante la década del horror (1976-1985) y los años siguientes, la banda extendió sus comandos y sus bombas más allá de las fronteras del País Vasco y Navarra. Lo hizo de forma deliberada y estratégica: para demostrar que la unidad nacional tenía un precio en sangre y que ningún español podía vivir tranquilo mientras defendiera la España una e indivisible.

El terror se volvió nacional. Ya no bastaba con matar en Euskadi. Había que golpear en el corazón del Estado, en las grandes ciudades, en los supermercados llenos de familias, en los cuarteles, en las calles de cualquier provincia. Y así lo hicieron.

Algunos de los atentados más salvajes fuera del País Vasco y Navarra quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva:

  • Barcelona, 19 de junio de 1987: la bomba en el Hipercor. 21 personas asesinadas en un supermercado repleto de gente que hacía la compra del sábado. Entre ellas, mujeres, ancianos y niños pequeños. La más joven era Sandra, una bebé de solo tres meses. El fuego y los escombros se llevaron vidas inocentes cuya única “culpa” era estar en un centro comercial de Cataluña un día cualquiera.
  • Zaragoza, diciembre de 1987: el coche-bomba contra la casa-cuartel de la Guardia Civil. Once vidas segadas en un solo instante. Guardias civiles y sus familias, hombres y mujeres que servían a España en Aragón, convertidos en objetivo militar por el simple hecho de vestir el uniforme.
  • Madrid: decenas de atentados a lo largo de los años. Contra militares en sus vehículos, contra policías en sus domicilios, contra civiles en cafeterías y calles céntricas. La capital del Reino, símbolo de la unidad, fue atacada una y otra vez para demostrar que ni siquiera allí estaba segura la Nación.
  • En Valencia, Alicante, Andalucía, Castilla y otras provincias: atentados contra cuarteles del Ejército y de la Guardia Civil, contra empresarios que se negaban a pagar el “impuesto revolucionario”, contra ciudadanos corrientes que nunca imaginaron que la barbarie llegaría tan lejos de Euskadi.

No fueron “daños colaterales”. Fueron ejecuciones planeadas. ETA eligió esos objetivos precisamente porque eran españoles de cualquier tierra. Porque representaban la España que no se rendía. Porque querían que el miedo recorriera de norte a sur y de este a oeste el mapa entero.

Con cada bomba fuera del País Vasco, el mensaje era claro: “O aceptáis la ruptura o toda España sangrará”. Pero España no se arrodilló. Los españoles de todas las comunidades sintieron aquellas muertes como propias. Porque cuando caía un guardia civil en Madrid, cuando moría una madre en Barcelona o un militar en Zaragoza, caía un pedazo de la Patria común.

Este capítulo es el reconocimiento de que las 829 víctimas no fueron solo vascas o navarras. Fueron españolas de todas las regiones. El terror etarra no respetó autonomías ni fronteras internas. Fue un ataque directo a la unidad de España. Y por eso duele todavía más.

Hoy, cuando algunos hablan de “conflictos” o de “procesos de paz” que borran la memoria, este capítulo grita la verdad: ETA no quería negociar. Quería romper. Y para conseguirlo sembró el terror en cada ciudad, en cada barrio, en cada hogar español.

Por cada víctima caída lejos de Euskadi…
Por los que murieron en Barcelona, en Zaragoza, en Madrid o en cualquier otra tierra…
Por los que demostraron con su sangre que España es una e indivisible…

Por ellos.
Por siempre.