Capítulo IX
Empresarios, taxistas y trabajadores: la extorsión como arma cotidiana

No solo mataban con bombas y pistolas. ETA también mataba con cartas. Cartas frías, calculadas, enviadas por correo o entregadas en mano, en las que exigían dinero a cambio de no morir. El llamado “impuesto revolucionario” no era un tributo patriótico ni una contribución voluntaria. Era extorsión pura y dura, el chantaje sistemático que convirtió la vida diaria de miles de españoles en un infierno económico y moral.

Entre 1970 y 2011, ETA extorsionó a más de 10.000 empresarios, autónomos y profesionales del País Vasco y Navarra. Se estima que recaudó decenas de millones de euros con los que financió armas, coches-bomba y su maquinaria de terror. Pero no era solo dinero lo que buscaba. Quería doblegar la economía vasca, castigar a quien creaba riqueza y demostrar que, en su “Euskadi libre”, solo se podía trabajar si se pagaba al terror.

Los que se negaban… morían.

Los empresarios eran objetivos prioritarios. No por ser ricos, sino por ser productivos. Por dar empleo. Por negarse a financiar la bala que mataría a sus vecinos. Muchos pagaron en silencio para salvar la vida de sus familias. Otros, con más dignidad que medios, dijeron “no”. Y pagaron con su vida.

Algunos nombres que encarnan esta forma cobarde de terrorismo económico:

  • Ángel Berazadi, primer empresario asesinado por ETA en democracia. Secuestrado en marzo de 1976 y ejecutado de un tiro en la cabeza tras negarse a pagar el rescate exigido.
  • Javier de Ybarra y Bergé, histórico industrial bilbaíno, secuestrado y asesinado en 1977 después de que su familia no pudiera satisfacer las desorbitadas exigencias de la banda.
  • José María Korta, presidente de la patronal ADEGI, asesinado con un coche-bomba en 2000 por negarse a seguir financiando el terror.
  • Ignacio Uría Mendizábal, directivo de la constructora Altuna y Uría, ejecutado a tiros en 2008 por negarse a pagar el “impuesto” y por trabajar en las obras del Tren de Alta Velocidad. ETA lo consideró “colaborador del Estado opresor”.

Pero no solo los grandes empresarios. El terror llegó a los más humildes: taxistas, panaderos, transportistas, pequeños comerciantes, trabajadores autónomos. Gente que se levantaba a las cinco de la mañana para ganarse el pan y que, de repente, recibía una carta amenazándoles de muerte si no entregaban miles de euros que no tenían.

Uno de los primeros fue Francisco Muñagorri, taxista guipuzcoano asesinado en 1972 por negarse a pagar el “impuesto revolucionario”. Su único delito fue querer trabajar libremente. Decenas de taxistas corrieron la misma suerte: tiroteados en su taxi, en la parada o en la puerta de su casa. ETA los consideraba “colaboradores del régimen” simplemente por cobrar una carrera o negarse a ser extorsionados.

Los trabajadores y autónomos sufrieron especialmente. Según los estudios más rigurosos, 33 empresarios directivos, 55 empleados cualificados y 50 autónomos figuran en la lista de víctimas mortales de ETA. Gente corriente cuya única “culpa” era intentar sacar adelante una empresa familiar, un taller o un taxi. Muchos cerraron el negocio y emigraron. Otros pagaron y vivieron con la vergüenza y el miedo de saber que su dinero servía para matar a otros españoles.

La extorsión no era un complemento. Era el arma cotidiana. La que permitía a ETA financiarse sin necesidad de grandes atracos. La que rompía familias, cerraba fábricas y hundía pueblos enteros. La que convertía el esfuerzo diario en un acto de valentía.

Este capítulo es para todos ellos: los que pagaron con su vida por decir “no”. Los que se negaron a financiar el terror que destruía su propia tierra. Los que demostraron que ser empresario, taxista o trabajador honrado era, en sí mismo, un acto de resistencia contra el totalitarismo etarra.

Porque mientras algunos hoy hablan de “conflicto” o de “paz” como si nada hubiera pasado, estos hombres y mujeres nos recuerdan que el terror también se cobró víctimas con bata blanca, con volante de taxi o con manos llenas de callos.

Ellos no murieron por llevar uniforme ni por defender un partido.
Murieron por querer trabajar en libertad.
Murieron por negarse a pagar la extorsión del miedo.

Y por cada empresario, cada taxista y cada trabajador asesinado…
Por los que dijeron “no” con la vida…
Por los que siguieron levantando España a pesar del chantaje…

Por ellos.
Por siempre.