Capítulo X
Niños y jóvenes: el futuro que ETA robó

El terror no tiene edad. Pero hay crímenes que duelen con un dolor distinto, más hondo, más imposible de explicar. Cuando ETA mataba a un niño o a un joven, no solo acababa con una vida. Acababa con un futuro entero. Con risas que nunca llegarían a la adolescencia, con sueños que nunca se convertirían en carrera, con bodas, con hijos, con la España que esos niños y jóvenes habrían construido.

Entre los 829 asesinados por ETA hay decenas de menores y jóvenes cuya única “culpa” fue nacer en la España que la banda quería destruir. No eran objetivos militares. No eran “colaboradores”. Eran niños que jugaban en un supermercado, que dormían en una casa-cuartel o que simplemente estaban en el lugar equivocado cuando sonó la bomba o sonó el disparo.

La más pequeña de todas se llamaba Sandra Barrio. Tenía solo tres meses. El 19 de junio de 1987, su madre la llevaba en el carrito por el Hipercor de Barcelona. Una furgoneta cargada de explosivos estalló. Sandra murió carbonizada junto a otras veinte personas. Su vida duró tres meses y siete días. ETA nunca pidió perdón. Nunca explicó por qué una bebé era enemiga de Euskadi.

Ese mismo año, el 11 de diciembre de 1987, en Zaragoza, otro coche-bomba destrozó la casa-cuartel de la Guardia Civil. Once muertos. Cinco de ellos niños. Cinco futuros truncados antes de empezar. Entre ellos, hijos e hijas de guardias que dormían en sus camas mientras sus padres custodiaban la democracia. Sus nombres siguen grabados en el corazón de España: niños que nunca llegaron a cumplir años, que nunca fueron al colegio, que nunca pudieron decir “mamá” o “papá” una vez más.

No fueron los únicos. A lo largo de la historia de ETA murieron jóvenes de todas las edades:

  • Adolescentes tiroteados en la calle por llevar una mochila del instituto.
  • Estudiantes universitarios asesinados por atreverse a pensar en español.
  • Jóvenes guardias civiles de 19 y 20 años, recién llegados al País Vasco, acribillados en un control.
  • Chicos y chicas que simplemente iban al cine, al bar o a la feria del pueblo.

Miguel Ángel Blanco tenía 29 años cuando lo secuestraron y lo ejecutaron de un tiro en la nuca. Era joven, guapo, lleno de vida y de ilusión por su pueblo. Su asesinato, retransmitido en directo, despertó a España entera. Pero antes de él ya habían caído muchos otros jóvenes cuya muerte no tuvo tanta televisión.

ETA no solo mataba el presente. Robaba el mañana. Cada niño asesinado era un médico, un profesor, un ingeniero, un padre o una madre que España nunca tendrá. Cada joven ejecutado era una generación entera mutilada. El terror convirtió los parques en zonas de riesgo, los colegios en lugares donde los niños aprendían a mirar debajo del coche de sus padres y los jóvenes en adultos prematuros que sabían que la vida podía acabarse con una carta o un paquete-bomba.

Este capítulo duele especialmente porque habla del futuro robado. De las risas que se apagaron. De las primeras comuniones que nunca se celebraron. De las graduaciones que nunca llegaron. De las madres que aún hoy ponen un plato vacío en la mesa el día del cumpleaños de un hijo que tendría ya cuarenta o cincuenta años.

Porque cuando matas a un niño no matas solo a una persona. Matas a todos los que habría sido. Y ETA lo sabía. Por eso lo hizo. Para que el miedo se instalara también en los más inocentes.

Nosotros, en cambio, decimos sus nombres. Recordamos sus caras. Exigimos que su memoria no sea negociable.

Sandra, de tres meses.
Los cinco niños de Zaragoza.
Todos los jóvenes que nunca llegaron a ser adultos.

Ellos eran el futuro de España.
Y ETA se lo robó.

Pero mientras nosotros recordemos, ese futuro sigue vivo en cada página de este libro, en cada homenaje y en cada “nunca más”.

Por ellos.
Por siempre.