Capítulo VII
Guardias civiles, policías y militares: los guardianes caídos de la democracia
No fueron simples uniformes. Fueron el escudo vivo de España.
Mientras ETA desataba su campaña de terror, ellos estaban allí: en los controles de carretera, en las casas-cuartel, en las patrullas nocturnas, en los portales de sus propias casas. Eran guardias civiles, policías nacionales, militares y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Más de 486 de los 829 asesinados por ETA pertenecían a estos cuerpos. Casi seis de cada diez víctimas. La mayoría guardias civiles (203), policías nacionales (146) y militares (98).
No los mataron por casualidad. Los eligieron precisamente porque representaban todo lo que ETA odiaba: el Estado de Derecho, la Constitución de 1978, la unidad de España y la democracia que habían jurado defender. Para los etarras, cada guardia civil era un “represor”, cada policía un “fascista” y cada militar un “ocupante”. Pero para España eran los guardianes que permitieron que la Transición llegara a buen puerto y que la libertad se consolidara con sangre propia.
El primer nombre de la lista ya fue un guardia civil: José Antonio Pardines Arcay, 24 años, asesinado a bocajarro en Tolosa en 1968. Desde ese día hasta el último atentado, el uniforme azul o verde se convirtió en diana permanente. Los mataban saliendo de casa, en el coche patrulla, en la barra de un bar, en la cama de la casa-cuartel. Les ponían bombas lapa bajo el asiento. Les disparaban por la espalda. Les volaban por los aires junto a sus mujeres y sus hijos.
Uno de los atentados más salvajes contra ellos fue el de la casa-cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, el 11 de diciembre de 1987. Once muertos. Once. Cinco de ellos niños. Familias enteras destrozadas porque ETA decidió que ni siquiera las viviendas de los que defendían la ley eran territorio sagrado.
Otros nombres que encarnan ese sacrificio sin límite:
- Guardias civiles caídos en controles rutinarios, en emboscadas en carreteras de Guipúzcoa y Navarra.
- Policías nacionales tiroteados al salir del trabajo en Madrid, Barcelona o Bilbao.
- Militares asesinados en atentados contra cuarteles o convoyes, como el almirante Luis Carrero Blanco y su escolta en 1973.
- Los dos últimos guardias civiles asesinados en suelo español: Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada, en Mallorca en 2009, cuando ya casi nadie hablaba de ETA.
Vivían con el miedo cosido al uniforme. Sabían que su trabajo los convertía en objetivos permanentes. Muchos pidieron destino lejos del País Vasco para proteger a sus familias… y aun así los perseguían. Otros se quedaron, aguantando el acoso, las pintadas, las amenazas y los funerales de sus compañeros. Sus viudas aprendieron a callar en los colegios para que sus hijos no fueran señalados. Sus huérfanos crecieron sabiendo que su padre murió por defender a España.
Estos hombres y mujeres no murieron defendiendo una dictadura. Murieron defendiendo la democracia que ETA quiso destruir. Murieron para que los españoles pudiéramos votar, manifestarnos y vivir en libertad. Murieron para que la bandera rojigualda siguiera ondeando en cada ayuntamiento y en cada cuartel.
Este capítulo es para ellos: los que vistieron el uniforme sabiendo que podía ser su mortaja. Los que no pidieron medallas ni reconocimiento, solo que España no se rindiera. Los que cayeron para que los 829 no fueran en vano.
Porque mientras algunos hoy hablan de “paz” olvidando el precio, aquí decimos su verdad: sin estos guardianes caídos, la democracia española habría sido imposible.
Ellos fueron la primera línea.
Ellos fueron el muro.
Ellos fueron España con placa y tricornio.
Y por cada guardia civil, cada policía y cada militar asesinado…
Por los que dieron su vida para que el resto pudiéramos vivir en paz…
Por ellos.
Por siempre.
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