Capítulo VI
El terror se extendió por toda España: atentados fuera del País Vasco
El País Vasco y Navarra fueron el epicentro del dolor, pero ETA no se conformó con convertir su propia tierra en un cementerio. Quería que el terror llegara a cada rincón de España. Quería que Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Alicante, Sevilla o cualquier ciudad sintiera que nadie estaba a salvo. Porque su guerra no era solo contra los vascos que se sentían españoles. Su guerra era contra España entera.
A partir de los años setenta, y sobre todo durante la década del horror (1976-1985) y los años siguientes, la banda extendió sus comandos y sus bombas más allá de las fronteras del País Vasco y Navarra. Lo hizo de forma deliberada y estratégica: para demostrar que la unidad nacional tenía un precio en sangre y que ningún español podía vivir tranquilo mientras defendiera la España una e indivisible.
El terror se volvió nacional. Ya no bastaba con matar en Euskadi. Había que golpear en el corazón del Estado, en las grandes ciudades, en los supermercados llenos de familias, en los cuarteles, en las calles de cualquier provincia. Y así lo hicieron.
Algunos de los atentados más salvajes fuera del País Vasco y Navarra quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva:
- Barcelona, 19 de junio de 1987: la bomba en el Hipercor. 21 personas asesinadas en un supermercado repleto de gente que hacía la compra del sábado. Entre ellas, mujeres, ancianos y niños pequeños. La más joven era Sandra, una bebé de solo tres meses. El fuego y los escombros se llevaron vidas inocentes cuya única “culpa” era estar en un centro comercial de Cataluña un día cualquiera.
- Zaragoza, diciembre de 1987: el coche-bomba contra la casa-cuartel de la Guardia Civil. Once vidas segadas en un solo instante. Guardias civiles y sus familias, hombres y mujeres que servían a España en Aragón, convertidos en objetivo militar por el simple hecho de vestir el uniforme.
- Madrid: decenas de atentados a lo largo de los años. Contra militares en sus vehículos, contra policías en sus domicilios, contra civiles en cafeterías y calles céntricas. La capital del Reino, símbolo de la unidad, fue atacada una y otra vez para demostrar que ni siquiera allí estaba segura la Nación.
- En Valencia, Alicante, Andalucía, Castilla y otras provincias: atentados contra cuarteles del Ejército y de la Guardia Civil, contra empresarios que se negaban a pagar el “impuesto revolucionario”, contra ciudadanos corrientes que nunca imaginaron que la barbarie llegaría tan lejos de Euskadi.
No fueron “daños colaterales”. Fueron ejecuciones planeadas. ETA eligió esos objetivos precisamente porque eran españoles de cualquier tierra. Porque representaban la España que no se rendía. Porque querían que el miedo recorriera de norte a sur y de este a oeste el mapa entero.
Con cada bomba fuera del País Vasco, el mensaje era claro: “O aceptáis la ruptura o toda España sangrará”. Pero España no se arrodilló. Los españoles de todas las comunidades sintieron aquellas muertes como propias. Porque cuando caía un guardia civil en Madrid, cuando moría una madre en Barcelona o un militar en Zaragoza, caía un pedazo de la Patria común.
Este capítulo es el reconocimiento de que las 829 víctimas no fueron solo vascas o navarras. Fueron españolas de todas las regiones. El terror etarra no respetó autonomías ni fronteras internas. Fue un ataque directo a la unidad de España. Y por eso duele todavía más.
Hoy, cuando algunos hablan de “conflictos” o de “procesos de paz” que borran la memoria, este capítulo grita la verdad: ETA no quería negociar. Quería romper. Y para conseguirlo sembró el terror en cada ciudad, en cada barrio, en cada hogar español.
Por cada víctima caída lejos de Euskadi…
Por los que murieron en Barcelona, en Zaragoza, en Madrid o en cualquier otra tierra…
Por los que demostraron con su sangre que España es una e indivisible…
Por ellos.
Por siempre.
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