Capítulo V
Las víctimas del País Vasco y Navarra: el infierno en casa
No fue en Madrid, ni en Barcelona, ni en ninguna ciudad lejana donde el terror etarra golpeó con más saña. Fue aquí, en casa. En el País Vasco y en Navarra. En los mismos pueblos y ciudades que ETA decía liberar. En las calles donde jugaban los niños, en los bares donde se reunían los amigos, en los portales donde la gente volvía del trabajo. Más de dos tercios de las 829 víctimas mortales de ETA eran vascos o navarros. Más de 575 asesinatos solo en el País Vasco. El infierno no vino de fuera. El infierno se instaló en el salón de casa.
Porque para ETA no bastaba con matar guardias civiles o policías nacionales. Había que romper también el alma de Euskadi y Navarra. Había que demostrar que quien no comulgaba con su proyecto independentista y marxista era un traidor. Y los traidores, aunque fueran vascos de pura cepa, merecían la muerte. Así nació el terror entre vecinos. El miedo a que el de al lado, el que te saludaba por la mañana, fuera el que colocara la bomba o apretara el gatillo.
Aquí murieron concejales que solo querían gestionar su ayuntamiento en paz. Empresarios que se negaron a pagar el “impuesto revolucionario”. Profesores que se atrevían a dar clase en castellano. Taxistas, comerciantes, amas de casa. Gente corriente cuya única “culpa” era sentirse española y vasca al mismo tiempo. Porque para ETA eso era incompatible. O eras abertzale radical o eras objetivo militar.
El terror se hizo cotidiano. En los pueblos de Guipúzcoa, Vizcaya, Álava y Navarra la vida cambió para siempre. Las casas-cuartel de la Guardia Civil se convirtieron en fortalezas asediadas. Las familias de ertzainas —la propia policía vasca— también fueron señaladas y asesinadas cuando se negaron a ser el brazo armado del separatismo. Los niños aprendieron a no hablar en el colegio de lo que hacía su padre. Las viudas cerraban las persianas para no ver las pintadas que llamaban “cerdos” a sus maridos muertos.
Y lo más doloroso: muchos de aquellos vascos y navarros asesinados eran hijos de esta tierra. Vascos que amaban su cultura, su lengua y sus tradiciones, pero que no aceptaban que la libertad se midiera con sangre. Vascos que querían España unida. Vascos que simplemente querían vivir en paz. ETA los mató por eso. Los mató por ser vascos que no se arrodillaban ante su totalitarismo.
El infierno en casa tuvo nombres propios que duelen en el alma de Euskadi y Navarra:
- El alcalde de un pequeño pueblo navarro tiroteado al abrir el portón de su casa.
- El empresario de Bilbao ejecutado en su garaje por negarse a pagar.
- La joven ertzaina asesinada por defender el orden democrático en las calles de San Sebastián.
- El taxista guipuzcoano que una noche no volvió a casa porque se negó a ser extorsionado.
Cada uno de ellos era un mensaje: “Esto es Euskadi. O estás con nosotros o mueres”. Y mientras tanto, en algunos bares y herriko tabernas se brindaba con sidra por cada muerto. La espiral del silencio se tragó a miles de familias. Muchos emigraron. Otros callaron por miedo. Pero los que quedaron —las viudas, los huérfanos, los padres— siguieron viviendo donde siempre, con el dolor clavado en el pecho y la dignidad intacta.
Este capítulo no es solo un recuento de víctimas. Es el reconocimiento de que el separatismo armado no solo atacó a España. Atacó a Euskadi y a Navarra desde dentro. Traicionó a su propio pueblo. Convirtió la tierra que decía amar en un campo de minas morales y físicas.
Porque el verdadero patriotismo vasco y navarro nunca fue el de la pistola y la bomba. Fue el de aquellos que, nacidos aquí, murieron aquí por defender la convivencia, la libertad y la unidad de España.
Ellos fueron las primeras líneas de fuego en su propia casa.
Ellos pagaron el precio más alto por negarse a rendirse.
Y por cada uno de esos vascos y navarros caídos…
Por los que fueron señalados, amenazados y ejecutados en su propia tierra…
Por los que demostraron que ser vasco y español no era incompatible…
Seguimos gritando su nombre.
Por ellos.
Por siempre.
Deja una respuesta