Capítulo IV
La década del horror (1976-1985): el pico de la barbarie
Franco murió el 20 de noviembre de 1975. España respiró. La Transición avanzaba entre pactos, amnistías y esperanza. Pero ETA no se detuvo. Al contrario. La banda que había nacido bajo la dictadura eligió precisamente la democracia para desatar su mayor orgía de sangre. Porque su enemigo nunca fue Franco. Su enemigo era España.
Entre 1976 y 1985, ETA cometió el grueso de sus asesinatos. Más del 60 % de los 829 caídos en toda su historia fueron segados en esta década maldita. Solo en 1980, el año más negro, la banda asesinó a casi cien personas: una cada tres o cuatro días. Un muerto cada sesenta horas. Fue el pico absoluto de la barbarie. La década del horror.
La amnistía de 1977 liberó a decenas de etarras. Muchos volvieron a empuñar las armas. Otros se incorporaron a los comandos recién formados. ETA-militar y ETA-político-militar (que luego se integraría) se lanzaron a una campaña sistemática de terror que no distinguía entre uniformes y civiles, entre niños y ancianos, entre vascos y el resto de españoles. El “impuesto revolucionario” se convirtió en extorsión cotidiana. El tiro en la nuca, en método habitual. El coche-bomba empezó a ensayar su siniestra coreografía.
Las víctimas se contaban por decenas cada año:
- 1976: 18 asesinados
- 1977: 12
- 1978: 66
- 1979: 80
- 1980: 97 (el año récord)
- Y así, sin bajar del umbral de la barbarie, hasta 1985.
Guardias civiles caían en controles y cuarteles. Policías nacionales eran tiroteados al salir de casa. Militares eran acribillados en la calle. Políticos, empresarios, taxistas, profesores… nadie estaba a salvo. El terror se extendió más allá del País Vasco: Madrid, Barcelona, Zaragoza, Andalucía, Castilla. ETA quería demostrar que España entera sangraba si no se rendía.
Algunos nombres que resumen aquella década de plomo:
- Juan José Gerrikabeitia y José Ramón Martínez, guardias civiles asesinados en plena Transición.
- Francisco Muñagorri, taxista guipuzcoano ejecutado por negarse a pagar el “impuesto”.
- Los directivos de Telefónica y empresarios que se atrevieron a decir “no” a la extorsión.
- Decenas de concejales y cargos públicos de UCD, PSOE o AP que pagaron con su vida el defender la Constitución.
Fueron años en los que el miedo tenía nombre propio y rostro de vecino. En los que las madres no dejaban salir solos a sus hijos a la compra. En los que los guardias civiles vivían atrincherados en sus casas-cuartel como en zona de guerra. En los que los etarras celebraban cada muerto con comunicados triunfales y la izquierda más radical los justificaba como “lucha antifascista”.
Porque esa era la gran mentira de la época: muchos querían ver en ETA a “luchadores contra la dictadura”. Pero la dictadura ya no existía. Había democracia, autonomía vasca, libertad de expresión y hasta televisión en euskera. Y aun así ETA mataba más que nunca. Porque lo que quería no era libertad: quería la independencia a cualquier precio. Quería romper España. Y para eso necesitaba sangre. Mucha sangre.
Esta década no solo marcó el pico numérico del terror. Marcó también el nacimiento del verdadero rostro de ETA: una organización totalitaria, fanática, que no admitía disidencia ni siquiera entre los vascos. Los que se sentían españoles eran “traidores”. Los que no pagaban, “colaboradores”. Los que defendían la unidad de la Patria, objetivos militares legítimos.
Los 829 no empezaron a ser 829 en 1968. Empezaron a serlo de verdad en estos años. Aquí se forjó la inmensa mayoría de las viudas, los huérfanos y las madres que nunca volvieron a sonreír del todo.
Este capítulo duele especialmente porque demuestra algo que algunos aún hoy se niegan a aceptar: ETA no fue un “exceso de la dictadura”. Fue la respuesta asesina del separatismo radical a la España democrática y constitucional. Mataron más cuando había libertad que cuando había represión. Porque su guerra no era contra un régimen. Su guerra era contra la Nación.
Y por cada uno de aquellos caídos en la década del horror…
Por los guardias civiles acribillados en la cuneta.
Por los empresarios tiroteados en su portal.
Por los niños que perdieron a su padre antes de aprender a leer.
Por los que murieron sabiendo que España no se rendiría.
…seguimos aquí.
Recordando.
Exigiendo.
Honrando.
Por ellos.
Por siempre.
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