Capítulo III
Los primeros mártires (1960-1975): cuando el miedo empezó a tener nombre

Antes de que el número 829 existiera como una herida colectiva, el terror ya tenía rostro y apellido. Entre 1960 y 1975, cuando España aún vivía bajo la dictadura franquista, ETA no era todavía la máquina de muerte que asolaría la democracia. Era un grupo joven, fanatizado, que acababa de decidir que la palabra no bastaba y que la bala era el único lenguaje que entendía el “enemigo”. Y el enemigo, para ellos, era todo lo que oliera a España.

El miedo empezó a tener nombre el 7 de junio de 1968.

Aquella mañana, en un control rutinario de la carretera de Tolosa (Guipúzcoa), un joven guardia civil de 24 años llamado José Antonio Pardines Arcay detuvo un vehículo sospechoso. Dentro viajaban dos etarras. Uno de ellos, Txabi Etxebarrieta, sacó su pistola y le disparó a bocajarro. Pardines cayó muerto en el acto. Fue la primera víctima mortal de ETA. No era un símbolo. No era un “represor”. Era un guardia civil de pueblo, padre de familia, que cumplía con su deber. Su muerte no fue un “accidente de la lucha”. Fue un asesinato a sangre fría, premeditado y celebrado por los primeros militantes etarras como “el comienzo de la guerra”.

Solo dos meses después, el 2 de agosto de 1968, ETA volvía a matar. En Irún, el comisario de policía Melitón Manzanas González salía de su casa cuando fue tiroteado por la espalda. Tenía 60 años. Había sobrevivido a la Guerra Civil y a décadas de servicio. Su crimen, según ETA, era ser “jefe de la Brigada Político-Social”. Su verdadero crimen fue ser español y defender el orden establecido. Su viuda y sus hijos recibieron la noticia como un mazazo que nunca se curaría.

Pero el terror aún no había alcanzado su dimensión simbólica más brutal. Esa llegó el 20 de diciembre de 1973 en plena calle Claudio Coello de Madrid. Una furgoneta cargada con 80 kilos de explosivos voló por los aires el coche del presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco. Junto a él murieron su chófer, Juan Antonio Bueno Fernández, y su escolta, el policía armado Miguel Alonso de la Fuente. Tres vidas segadas en un atentado que ETA planeó durante meses y que celebró como su “mayor éxito”. Carrero no era solo un alto cargo del régimen: era el hombre que Franco había elegido para garantizar la continuidad del Estado. ETA lo mató para demostrar que podía alcanzar el corazón mismo del poder.

Entre 1968 y 1975 ETA asesinó a decenas de personas. Guardias civiles, policías nacionales, militares, ciudadanos corrientes. Algunos nombres que ya forman parte del martirologio español:

  • José Luis Zabala (guardia civil, 1970)
  • Juan José Gerrikabeitia (guardia civil, 1971)
  • José Ramón Martínez (policía, 1972)
  • Francisco Muñagorri (taxista, 1972, asesinado por negarse a pagar el “impuesto revolucionario”)
  • Jesús Ulayar (conductor de la RENFE, 1974)
  • Gregorio Marauri (conductor, 1975)

…y muchos más cuyos rostros se desdibujan en la memoria colectiva pero que, para sus familias, siguen siendo una ausencia que duele cada mañana.

Aquellos años marcaron el comienzo de algo nuevo y terrible: el miedo dejó de ser abstracto. Ya no era solo la represión del régimen. Ahora era el temor a que, al salir de casa, un joven con una pistola o una bomba decidiera que tu vida ya no valía nada. Los etarras mataban y luego justificaban sus crímenes con panfletos que hablaban de “liberación nacional” y “lucha antifascista”. Pero la realidad era más cruda: estaban asesinando a españoles por el mero hecho de serlo o de servir a España.

Y lo más doloroso: muchos de aquellos primeros mártires murieron en un tiempo en el que la izquierda española y parte de la intelectualidad europea aún veían a ETA con cierta comprensión, casi con simpatía. “Son luchadores contra la dictadura”, se decía. Como si una dictadura justificara el asesinato selectivo de guardias de 24 años o de taxistas que solo querían trabajar.

Estos primeros mártires no tenían nombre en los libros de historia oficial. No tenían calles con su nombre en la mayoría de los pueblos. Sus viudas no recibían homenajes públicos. Pero fueron los que abrieron la cuenta. Los que inauguraron la lista de los 829. Los que demostraron, ya desde el primer disparo, que ETA no buscaba derechos, ni autonomía, ni democracia: buscaba la ruptura de España a cualquier precio.

Cuando el 20 de noviembre de 1975 murió Franco, ETA no se disolvió. Al contrario. La Transición, con sus amnistías y sus pactos, les dio oxígeno. Pero eso ya es otra historia.

Este capítulo es para recordar que el terror no empezó en democracia. Empezó antes. Y empezó con nombres y apellidos que jamás merecieron morir.

José Antonio Pardines Arcay.
Melitón Manzanas González.
Luis Carrero Blanco.
Juan Antonio Bueno.
Miguel Alonso de la Fuente.

Y todos los demás que, entre 1960 y 1975, tuvieron que pagar con su vida el precio de ser españoles.

Ellos fueron los primeros.
Ellos fueron los que enseñaron a España el verdadero rostro del separatismo armado.

Y por ellos…
Por los primeros mártires…
Seguimos diciendo: nunca más.

Por ellos.
Por siempre.