Capítulo II
ETA: origen, ideología y nacimiento del terror separatista

No se puede entender el abismo de los 829 sin mirar al principio. Sin conocer el monstruo desde su cuna. Porque el terrorismo etarra no fue un accidente de la historia ni una respuesta desesperada a la dictadura. Fue una elección ideológica, fría y premeditada, que convirtió el odio en arma y la diferencia en sentencia de muerte.

Todo comenzó en el País Vasco de finales de los años cincuenta. En 1959, un grupo de jóvenes estudiantes y militantes del nacionalismo vasco, decepcionados con la moderación del Partido Nacionalista Vasco (PNV) de entonces, se reunieron en secreto en Bilbao. Aquel día de San Silvestre de 1959 fundaron Euskadi Ta Askatasuna: ETA. País Vasco y Libertad. En sus primeros manifiestos parecían solo un grupo cultural y patriótico que reivindicaba la lengua euskera, las tradiciones y la identidad vasca frente a la uniformidad del franquismo. Pero muy pronto aquella semilla se pudrió.

La ideología que alimentó a ETA fue un cóctel explosivo: nacionalismo vasco radical, marxismo-leninismo importado de las revoluciones tercermundistas y un separatismo visceral que no admitía matices. Para ellos, España no era una nación, sino un “Estado opresor”. El País Vasco no era parte de España, sino una “nación ocupada” que debía ser liberada por la fuerza. Su lema era claro: “Euskadi Askatasuna” (País Vasco libre). Y libertad, para ellos, significaba independencia total, dictadura del proletado vasco y eliminación de todo lo que oliera a español.

No buscaban reformas. No buscaban diálogo. Buscaban la ruptura total. Y para conseguirla eligieron el camino del terror. En 1961 cometieron su primera acción armada: intentaron descarrilar un tren militar que transportaba veteranos de la Guerra Civil. Fracasaron, pero ya habían cruzado la línea. El paso del activismo cultural al terrorismo organizado fue deliberado y consciente.

En 1968 ETA dio el salto definitivo a la sangre. El 7 de junio asesinaron a sangre fría al guardia civil José Antonio Pardines Arcay en un control de carretera en Tolosa. Fue la primera víctima. A partir de ese momento, el terror ya tenía nombre propio y un calendario implacable. ETA no se disolvió con la muerte de Franco en 1975. Al contrario. Durante la Transición y la democracia naciente, cuando España recuperaba las libertades que el resto de los españoles tanto habían ansiado, ETA intensificó su campaña. Porque su enemigo nunca fue solo Franco. Su enemigo era España misma. La Constitución de 1978. La unidad de la Patria. La democracia que permitía a los vascos gobernarse con más autonomía que nunca en su historia.

La ideología etarra era totalitaria por naturaleza: negaba la pluralidad vasca (había vascos que se sentían españoles y querían seguir siéndolo), justificaba el asesinato selectivo y convertía a cualquier disidente en “traidor”. Los que no comulgaban con sus ideas eran “españolistas”, “fascistas” o “colaboradores”. Y contra ellos, todo valía: extorsión, secuestro, coche-bomba, tiro en la nuca.

De aquella ideología enfermiza nacieron los comandos, las “kale borroka”, los impuestos revolucionarios y la lista interminable de 829 nombres. Cada atentado era un mensaje: “O eres con nosotros o estás muerto”. Cada víctima era un escarmiento para que el resto de España y del propio País Vasco entendiera que la unidad nacional tenía un precio en sangre.

Por eso este capítulo no es un mero repaso histórico. Es la radiografía del mal. Es la explicación necesaria para que nadie pueda decir jamás “no sabíamos de dónde venía”. Sí sabíamos. Sabíamos que ETA no era un grupo de “idealistas” ni de “luchadores por la libertad”. Era una organización terrorista que eligió la muerte como método político porque sabía que el diálogo y la democracia nunca le darían lo que quería: romper España.

Y mientras escribo estas líneas, 829 familias siguen pagando el precio de aquella elección.

Este libro no olvida el origen.
Este libro no blanquea la ideología.
Este libro no perdona el nacimiento del terror.

Porque solo mirando de frente a la bestia desde su primer día podemos honrar de verdad a las 829 víctimas que dejó a su paso.

Por ellos.
Por los que cayeron para que España siguiera siendo una.