Capítulo I
La cifra que duele: 829 vidas silenciadas para siempre
Cuando alguien pronuncia el número 829 en voz alta, parece una simple cuenta. Un guarismo más. Pero para quienes conocemos la historia reciente de España, 829 no es una cifra: es un abismo. Es el peso de 829 corazones que dejaron de latir por una bala, una bomba o un tiro en la nuca. Es el vacío que dejaron 829 nombres propios, 829 familias destrozadas, 829 futuros truncados para siempre.
Entre 1960 y 2011, la banda terrorista ETA asesinó a 829 personas en España. No fueron “daños colaterales” ni “víctimas de un conflicto”. Fueron hombres, mujeres, niños y ancianos asesinados con premeditación y alevosía por el solo hecho de ser españoles, de defender la unidad de la Patria, de llevar un uniforme o simplemente de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Cada uno de ellos tenía un nombre, una historia, un sueño. Cada uno era alguien irrepetible.
Repítelo despacio.
Ochocientos veintinueve.
Son 829 madres que ya no volverán a besar a sus hijos.
Son 829 padres que nunca más verán crecer a los suyos.
Son 829 viudas y viudos que aprendieron a dormir solos con un hueco en la cama y en el alma.
Son 829 huérfanos que tuvieron que explicarle a la vida por qué su padre o su madre ya no regresaría a casa.
Entre esas 829 víctimas hay guardias civiles, policías nacionales, militares, ertzainas, políticos, concejales, empresarios, taxistas, periodistas, profesores, amas de casa, jubilados y, sobre todo, ciudadanos corrientes cuya única “culpa” fue amar a España y vivir en libertad.
La más joven tenía solo 3 meses: la pequeña Sandra, asesinada en la explosión del Hipercor de Barcelona en 1987.
El más mayor tenía 82 años: el profesor José Luis López de Lacalle, tiroteado en el portal de su casa en Andoain porque se atrevía a pensar en español y a defender la Constitución.
Entre medias, 829 historias de amor, de trabajo, de ilusiones y de proyectos que ETA borró de un plumazo.
829 no es solo un número redondo que cabe en un cartel o en la portada de un libro. Es la suma exacta de vidas que el terrorismo separatista consideró prescindibles. Es la cuenta definitiva que ningún pacto, ninguna negociación y ningún “proceso de paz” podrá jamás borrar. Porque la sangre no se negocia. Las vidas arrebatadas no se archivan.
Este libro no pretende ser un tratado histórico al uso ni un análisis político frío. Este libro es un acto de justicia poética y moral. Es un homenaje necesario, urgente y eterno a cada una de esas 829 almas. A partir de estas páginas no hablaremos de “víctimas del terrorismo” como si fueran una categoría abstracta. Aquí cada víctima tendrá rostro, nombre y apellido cuando sea posible. Aquí recordaremos cómo vivían, cómo soñaban y cómo fueron asesinados. Aquí diremos sus nombres en alto para que nunca más el silencio cómplice los sepulte.
Porque mientras en algunos despachos se habla de “memoria histórica” selectiva y de “reconciliación” que solo exige olvido a una parte, nosotros decimos: no.
Nosotros decimos: 829.
Y cada uno de esos ochocientos veintinueve merece que su memoria sea sagrada.
Este es el capítulo inicial de un libro que nace con una sola certeza:
No vamos a permitir que el tiempo, la desmemoria o la cobardía política conviertan a los 829 en una mera estadística.
Ellos no fueron números.
Fueron personas.
Fueron España.
Y por ellos…
Por cada uno de los 829…
Empezamos este libro.
Por ellos.
Por siempre.
Deja una respuesta