Capítulo XIII
Contra el olvido y la impunidad: la batalla que sigue abierta
España no puede permitirse el lujo del olvido. No cuando 829 vidas fueron segadas por la barbarie etarra. No cuando sus nombres —Adolfo Mariñas Vence, Alberto Jiménez-Becerril Barrio, Miguel Ángel Blanco Garrido, Gregorio Ordóñez Fenollar, Juan María Araluce Villar, y tantos otros hasta completar la lista completa que publiqué en 829. Por ellos— siguen siendo el precio que pagó una nación por defender su libertad, su unidad y su democracia. Cada uno de esos 829 no fue un “daño colateral” ni un “accidente de la historia”. Fueron asesinados a sangre fría por una banda terrorista que, durante décadas, impuso su ley de plomo y dinamita en el País Vasco, en Navarra, en Cataluña y en toda España. Y hoy, cuando algunos pretenden cerrar ese capítulo con un “ya pasó”, la batalla sigue abierta. Porque el olvido no es paz: es la segunda muerte de las víctimas. Y la impunidad es el triunfo póstumo de los verdugos.
Recordemos la doble pena, esa que ya denunciaban libros como ETA: La doble pena de las víctimas, olvido e impunidad. La primera, la bala o la bomba que te arranca la vida. La segunda, la que viene después: el silencio institucional, el pacto político que blanquea a los herederos de ETA, la Ley de Memoria Democrática que parece recordar todo menos a quienes murieron defendiendo España. Mientras se rinden homenajes a unos y se borran los nombres de otros, las familias de las víctimas siguen esperando justicia. No solo judicial —que ya es bastante—, sino moral y política. Justicia que no se negocia en despachos de Moncloa ni se cambia por votos en el Congreso.
Hoy, en 2026, la impunidad se disfraza de “normalización”. EH Bildu, con Arnaldo Otegi al frente —el mismo que nunca ha condenado sin ambages el terror etarra—, es socio preferente del Gobierno. Sus seis votos han sido decisivos para investiduras, presupuestos, reformas laborales y leyes que, de paso, han permitido el acercamiento masivo de etarras a cárceles vascas y navarras. La Guardia Civil ha sido retirada del control de tráfico en Navarra. Se han transferido competencias de prisiones, puertos y aeropuertos. Y mientras, en Pamplona, el PSOE aupó a un alcalde de Bildu desalojando a la lista más votada. ¿Esto es reconciliación? No. Es claudicación. Es decirle a los etarras y a sus herederos: “Vuestro relato vale tanto como el de las víctimas”.
Pero la batalla sigue abierta porque España no es solo el Gobierno de turno. España es la memoria viva de sus muertos. Es el espíritu de Ermua, de ¡Basta Ya!, de las concentraciones silenciosas que llenaron plazas cuando mataron a Miguel Ángel Blanco. Es la plaza de Sant Jaume en Barcelona, abarrotada de 5.000 personas gritando “rendición en mi nombre no”. Es la Fundación Francisca Troyano y los portales que mantengo desde hace años, donde se recopilan testimonios, se publican libros y se honra a las víctimas sin pedir permiso a nadie.
El olvido es la estrategia de los que quieren reescribir la historia. Quieren convertir a los asesinos en “luchadores por la libertad” y a las víctimas en “daños colaterales de un conflicto”. Pero no. No hubo “conflicto”. Hubo terrorismo. Hubo extorsión, secuestros, tiros en la nuca, bombas en hipermercados y coches bomba en cuarteles. Hubo 829 vidas robadas, miles de heridos, decenas de miles de exiliados internos que huyeron del País Vasco por miedo a la kale borroka y a la presión nacionalista. Y sigue habiendo impunidad cuando se niega a las víctimas el derecho a que su dolor no sea instrumentalizado ni minimizado.
La batalla sigue abierta en las aulas, donde algunos manuales de historia ya no mencionan a ETA con la crudeza que merece. Sigue abierta en los tribunales, donde los presos etarras salen antes de tiempo o se les acerca a casa mientras las familias de las víctimas aún lloran. Sigue abierta en la calle, donde Bildu sigue ondeando pañuelos y colocando ikurriñas sin que nadie les exija una condena clara y sin matices al terrorismo que les dio la vida política.
Y por eso escribo este capítulo. No como un lamento, sino como un grito de combate. Porque mientras haya un solo español que recuerde los nombres de los 829, la batalla no está perdida. Porque la memoria no es nostalgia: es arma. Es el escudo contra la impunidad. Es el compromiso de que nunca más se negocie con sangre española.
España os honra, víctimas del terrorismo etarra. Vuestros nombres no son una lista que se archiva. Son un juramento: ¡No os olvidamos! ¡Nunca más! ¡Viva España!
La batalla sigue abierta. Y la ganaremos. Por vosotros. Por España. Por la verdad, la memoria, la dignidad y la justicia que nunca se negocian.
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